LOS REINOS DORADOS\" DE HOMERO CARVALHO

"LOS REINOS DORADOS" DE HOMERO CARVALHO

Alcides Parejas Moreno

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Creo que no es aventurado afirmar que estamos viviendo una de las etapas más convulsionadas de la historia del país. Todos los días y en toda la geografía nacional hay varios conflictos que en su gran mayoría son provocados por el mismo gobierno en su afán de enfrentarnos a los bolivianos. Los conflictos se multiplican porque nuestro presidente no hace gestión, sino que se dedica a viajar para hacerse vitorear y cuando está en el país ocupa una buena parte de sus esfuerzos a enfrentarse a sus "opositores", especialmente a los cruceños. Todo esto hace que los bolivianos vivamos cabreados y que estemos perdiendo la esperanza porque el fututo es cada vez más incierto. En medio de esta desagradable situación me he encontrado con algo que me ha devuelto la esperanza y que hoy quiero compartir con ustedes, porque creo que vale la pena.

La semana pasada mi amigo Homero Carvalho me llevó de regalo su último libro, un poemario. Cuando lo tuve en mis manos empecé a experimentar una reacción en cadena. Después de mirar la tapa y hojearlo ligeramente, la belleza me invadió. Es un libro bellamente editado con ilustraciones de Valia Carvalho. El título –"Los Reinos Dorados"-me encantó. Creo firmemente, como dice Homero a lo largo de su poemario, que todos habitamos los reinos dorados; que todos somos parte de los reinos dorados; que los reinos dorados somos nosotros. El título fue mucho más que una invitación, fue una incitación a su lectura. Siempre he dicho que soy sordo para la poesía, que no se leer poesía. El libro me abrió los oídos! El resultado es un enamoramiento total. Enamoramiento de una bella pieza literaria que, además, es un luminoso homenaje a Antonio, el padre del autor, el que hablaba "con la misma pasión / con que se habla / de las mujeres amadas"; el que le aconsejó que escriba lo que le contó, "porque al escribirlo estarás marcando el camino".

El poemario de Homero Carvalho es un canto al mestizaje; un "canto a la sangre", como dice Ruber Carvalho. Un mestizaje altivo que, al contrario de otras culturas, tiene una relación amorosa con la naturaleza ("En los Reinos Dorados/ los hombres y la selva éramos uno"). Un mestizaje diverso en la inmensa geografía americana, pero que tiene un denominador común ("En los Reinos Dorados/ nacíamos con el don del entendimiento / cada nación hablaba su propia lengua / pero todos sabíamos que cuando / alguien decía Amarumayu / se refería al Río de las Serpientes".). Un mestizaje que estuvo mucho tiempo aislado del mundo, protegido de todos los males por el Arco Iris, pero que sin embargo tiene conciencia de la vecindad del mundo (" De vez en cuando / llegaba el viento del sur / recordándonos que no muy lejos / de nuestros límites estaba el frío"). Un mestizaje que a pesar del aislamiento siempre ha sido universal ("Mi padre habla nuevamente / para recordar que los Reinos Dorados / limitan con todos los reinos / y su capital no estaba en ninguna parte. / Nosotros lo sabemos / pero jamás lo diremos / me dice sonriendo y se sirve /un sorbo de refresco de achachairú / luego toma un puñado de almendras /y las va masticando sin prisa una a una"). Un mestizaje que, a pesar de los pesares y sin renegar de su pasado, antes al contrario asumiéndolo, es esperanzado ("Y el mundo sigue naciendo / en los territorios de los Reinos Dorados / en los bosques, sabanas, ríos y arroyos /germinan nuevas orquídeas, libélulas azules /etores escarlata, bejucos lluvia de fuego. / En los territorios / de los Reinos Dorados/ el mundo sigue naciendo / sin pasado que nos gobierne /

ni tristeza que nos condene / el mundo es hoy y nosotros / los amantes de este nuevo tiempo").Un mestizaje que nos muestra de manera luminosa el camino ("Nos dejaron sus palabras / y su sangre que como los ríos / se unen en alguna parte y / van a un solo destino").

Gracias, querido Homero, por tan bello libro que deberíamos leer todos los bolivianos para hacer reverdecer la esperanza.

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EL CAZADOR OCULTO

Lo que yo llamo: "Tribulaciones de un adolescente sociópata"

Acabo de terminar la lectura de “The catcher in the rye” o “El cazador oculto”, como lo traduce Pedro B. Rey, de Sudamericana Joven, edición de 1998, para la versión en español de esta novela que tanto revuelo ha causado, a través del tiempo en las gentes jóvenes de las Américas.
Si J.D. Salinger se propuso graficar la personalidad de un adolescente sociópata, la novela es excelente. Me gustaría pensar que su lectura ha de ser una delicia para cualquier sicoanalista.
Holden, el personaje del Cazador Oculto, no dice nada. Siempre empieza a decir algo, sugiere que va a emitir una opinión y repentinamente calla. Desprecia profundamente al posible oyente, como desprecia a todos los que lo rodean. Holden es incapaz de comunicarse con nadie. No lo logra ni con su “querida” hermanita Phoebe que un momento llega a decirle que él no ha hecho nada en su vida, y, más aún, lo reta insistentemente a que mencione una sola cosa hecha por él. Holden es incapaz de responder. En otro momento el cazador intenta comunicarse con una chica, antigua enamorada, llamada Sally y cuando logra obtener una cita con ella, destruye la relación en un dos por tres, siempre bajo la premisa-conclusión de que ella es snob, cursi, ignorante e incapaz de pensar. Todos los hombres que lo rodean son para el cazador, o maricones o ignorantes o cerdos incapaces de pensar como él. Su posición ante la vida real me hace recordar a los jóvenes que leían “El Hombre Mediocre” de J. Ingenieros, allá por los años sesenta, y a partir de ese momento calificaban a todas las personas que conocían, como águilas o ratones. Conocí a uno que habiendo calificado a un nuevo concurrente como águila, luego, al detectar alguna idea que no le gustó de este nuevo “ave rapaz”, le dijo: “Tú eres un ratón que se ha pegado las alas con cinta scotch.”
No me maravillo al enterarme de que el adolescente asesino de John Lenon y el joven que atentó y disparó contra Ronald Reagan tenían en el bolsillo un ejemplar de esta novela. Ambos eran sociópatas. Los dos parecidos a Holden y al personaje de Robert de Niro en la película “Taxi driver”.
Bueno, pero ¿se puede hacer una novela con un personaje central que es un sociópata, narrada en primera persona? Laura Restrepo cita, en su novela “Delirio”, a Gore Vidal haciendo mención de un consejo que Henry James da como advertencia a los escritores “que no pusieran a un loco como personaje central de una narración, sobre la base de que al no ser el loco moralmente responsable, no habría verdadera historia que contar.”
Henry Miller, en su Trópico de Cáncer, aparece como otro sociópata, pero uno que dice cosas que vale la pena escuchar, rumiar y por último, fantasear. El Cazador oculto no dice nada que merezca escrutinio.
Aún más, ¿qué clase de enfermo mental es el Artemio Cruz de Carlos Fuentes, que también cuenta en primera persona su biografía, desde su lecho de muerte? ¿Un narrador sociópata y por lo tanto moralmente no responsable, que se muere al final de lo narrado? Pero qué interesantes juicios, raciocinios, blasfemias y cuestionamientos que hacen los personajes de Miller y de Fuentes.
Al leer el final de la primera página o al comenzar la segunda página del “Trópico de Cáncer”, según sea la edición, cuando Miller dice que ese no es un libro sino un insulto prolongado y otras cosas terribles más, llegué a la conclusión de que yo debería, algún día, llegar a ser un escritor.
Cuando leí “La Muerte de Artemio Cruz”, comprendí que es posible narrar una historia desde el interior de la mente caótica de un moribundo que no conoce límites, desconoce la moral y que no tiene vergüenza de admitirlo.
Pero, volviendo al “Cazador Oculto” de Salinger, creo que encontré en el libro sólo un pensamiento digno de rescate, la cita del psicoanalista Wilhem Stekel, que Holden recibe del señor Antolini: “El rasgo distintivo del hombre inmaduro es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que el del hombre maduro es que quiere vivir humildemente por una.” Holden oye y lee el consejo, pero de inmediato le da cansancio, dolor de estómago, dolor de cabeza y se niega a pensar. Todos estos son síntomas de serios problemas de adaptación social.
Aparentemente el libro es importante por el lenguaje que Salinger utilizó para narrarlo. No es importante por lo que dice o no dice, sino más bien por “cómo lo dice.” El lenguaje conversacional que los adolescentes norteamericanos usan en ausencia de los adultos. La traducción que menciono haber leído no captura esa sutileza. De repente la traducción es válida para el lector argentino. Voy a dar un ejemplo tan sólo: la versión en inglés dice: “I am the one that´s flunking out of the goddam place, and yu’re asking me to write you a goddam composition,” I said. Esta es la versión original que revela el lenguaje conversacional de los adolescentes en secundaria.
El libro que leí en español dice: “Me acaban de echar de este lugar de porquería y me estás pidiendo que te escriba una composición,” le dije.
La traducción que yo pienso sería más fiel al original podría decir: “Me acaban de botarCONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ednref1\»>[i] de este malditoCONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ednref2\»>[ii] lugar, y tú me estas pidiendo que te escriba una maldita composición,” le dije. En cualquier otro libro, me trago la diferencia y me conformo con entender en gruesos términos lo que el autor quiso decir. En el libro de que hablamos, no. Repito, en esta novela lo más importante es: el cómo dice el personaje, cada cosa. La traducción para “Goddam”, no es “porquería”, de ninguna manera.
El resto del libro, “El cazador oculto” no dice nada constructivo ni inquietante. Es un documento paralizado, como es Salinger. Un ermitaño hosco y mudo, un perfecto sociópata, un suicida frustrado (ver el cuento “A perfect day for bananafish”), para el que probablemente todos, especialmente yo, somos unos malditos estúpidos que no somos capaces de pensar de una manera, “fucking decent”, como piensa él.
Para los adolescentes es otra cosa. La novela del cazador es una posición de rebeldía. ¿Contra qué?, no importa. Es la violencia que resulta de la impotencia que un joven experimenta cuando desea ser independiente, pero sabe, positivamente, que es incapaz de lograrlo, no porque alguien se lo impida, sino porque no se siente capaz de vivir por su cuenta. Si se va de su casa, no tendrá donde dormir, no comerá, no podrá hacer muchas de las cosas que él aspira intensamente hacer. La mayoría de los jóvenes, menores de edad, optan por la conveniente convivencia con los adultos, sus padres, hasta que son capaces de vivir por sí. Otros, no. Se estrellan contra la realidad y se paralizan en la acción, como nuestro cazador.
En el caso de Holden, Mr. Salinger, sabiamente le resuelve el problema. Le crea una abuela rica que le engorda la cuenta en el banco y con este capital él puede hacer cosas que ningún otro adolescente sin dinero, a su derredor, podría hacer. Un recurso fácil de Salinger para darle credibilidad a su personaje, que algunos defienden como la perfecta imagen de un niño (?).
Pero al final, esta es sólo una lectura. Mi lectura.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)

En la escritura todo fluye siguiendo un derrotero que termina convirtiéndose en único itinerario posible. La escritura es cuerpo vivo: universo de signos y formas en constante relación. La escritura trepida, serpentea, vuela y alcanza siempre un final: el único final posible, el único final indudable. Por la escritura, tratamos de organizar el interminable conocimiento que permite cualquier tópico.

 

Escritura para decir y decirnos: en voz baja o en voz alta. Escritura para asomarnos al mundo y explorarlo desde la particularidad de nuestra subjetividad interior, de nuestra mirada y de nuestra palabra. Entre la reafirmación de un orden y las impredecibles aventuras del azar, entre los fríos vericuetos del caos y las cálidas predicciones de la armonía, entre la posibilidad de los resultados impredecibles y el presagio de las conclusiones va moviéndose el ritmo apasionante de la escritura: orden y azar de palabras y voces, de conceptos e ideas que siguen el flujo de su propia vitalidad.

 

Como los personajes de los textos de ficción, las ideas viven, se mueven, crecen, respiran. Las ideas viven de las ideas. Impulsan a los hombres desde afuera y desde adentro de ellos mismos. Al pensar, los hombres dialogamos con un cosmos de ideas que nos rodean: aplastándonos o alimentándonos, amordazándonos o estimulándonos. Al pensar, los hombres nos hacemos responsables del mundo: todos somos el mundo porque todos lo hemos ido dibujando con nuestros pensamientos. Por las ideas nos relacionamos con el universo. Ellas son nuestra atalaya de él. Más que la realidad, nuestra percepción de la realidad; más que el mundo, nuestra legibilidad del mundo; más que la voz del tiempo, nuestra manera de escuchar el tiempo… Ideas para crear, para discurrir, para imaginar. Ideas que son verdades parciales: síntesis de lo que aceptamos y rechazamos, de lo que asumimos falso o de lo que creemos verdadero. Las ideas son dueñas del secreto del tiempo: en su vivacidad, en su brillo, vive la eternidad de los instantes. Insustituible, definitiva, siempre útil, siempre inteligibilidad viva, lectura, impresión, imagen, recuerdo: una idea…

 

Las ideas son como los ángeles: nos rodean por todas partes, nos acompañan a todos lados, todos podemos ser guiados por ellas, dice Cayetano Delaura, uno de los personajes de la novela de García Márquez, Del amor y otros demonios. Ideas que dibujan el mundo y el tiempo: que nos los muestran, más que como son, como creemos que ellos son o como quisiéramos que ellos fuesen. Todos los hombres, dijo Borges citando a Coleridge, son aristotélicos o platónicos. Aristotélicos son aquéllos que convierten sus ideas en categorías de signos con las cuales entenderse con el universo. Platónicos son los que convierten sus ideas en dibujos de un subjetivo mapa del cosmos. En el primer caso, las ideas son herramientas, fórmulas, asideros; en el segundo, alegorías. Para los aristotélicos, las ideas son la consistente arquitectura de un espacio, por sobre todo, inteligible -o que debe ser convertido en inteligible por la razón humana. Para los platónicos, las ideas conviven muy estrechamente con las intuiciones y las ilusiones; todas dibujan la metaforización de un universo maravillosa e irrealmente inatrapable. De un lado, las ideas son soporte definitivo en la comprensión del cosmos; del otro, hitos del interminable asombro humano.

 

Al igual que los hombres, también los libros podrían definirse como aristotélicos o platónicos. Definitivamente, éste que hoy entrego a la imprenta, es un libro platónico. En él lo evidente y lo virtual, lo necesario y lo real, lo posible y lo concreto se entretejen para postular sueños y certezas, anhelos y temores, convicciones y rechazos.

 

En su libro La metáfora y lo sagrado, Héctor Murena dice que "la única forma de conocimiento es aquella similar a la de los ciegos: por el tacto". Por el tacto palpamos, percibimos, intuimos. El es intuición que se vuelca en ideas. Ideas que dibujan imágenes. Imágenes que construyen metáforas… Nietzsche habló del "impulso a la elaboración de metáforas, ese impulso fundamental del hombre que no puede ser eliminado ni por un instante porque significaría la eliminación del hombre mismo". Cada metáfora es una imagen con la cual entender alguna porción del infinitamente vario universo: un dibujo de él a partir de cualquiera de las múltiples razones que habitan en la conciencia humana.

 

Personalmente, quiero creer, entre otras cosas, en la significación y trascendencia de un espacio cultural latinoamericano y en la posibilidad de un futuro para la humanidad. Por eso he escrito este libro como un testimonio personal de ambas formas de fe; y lo he escrito como dibujo de una doble metáfora: de comunicación y de supervivencia. Una manera de apostar a ambas es rescatando el lenguaje como uno de los signos más imperecederos de lo humano. Nuestro presente pareciera desdeñar a las palabras. Hoy todo es imagen: efímera, evanescente imagen. El gran desafío de nuestros días es recuperar una sabiduría de la palabra. El tiempo -pasado, presente o por venir-; el otro -distante o cercano, similar o contrario- necesitan ser nombrados. Quizá una de las maneras de entender nuestro presente sea, precisamente, familiarizándonos con las palabras que él pronuncia. Palabras relacionadas a convicciones de precariedad, de tiento. El signo azaroso de nuestra época se dibuja en numerosos imaginarios descritos por términos que nombran la fragilidad, el vacío, la incertidumbre; pero, también, la necesaria solidaridad, la comunicación, la imaginación, la ilusión… La sabiduría de las palabras de nuestros días nos dice que sólo existe un aprendizaje: el del tiempo por conquistar, el del tiempo por merecer.

 

De muchas maneras, con este libro prosigo un itinerario que comencé hace varios años con El silencio, el ruido, la memoria (1991) y que continué, después, con La voz en el espejo (1993). Estos dos libros fueron, esencialmente, un diálogo: con la venezolanidad y lo venezolano, el primero de ellos; con la latinoamericanidad y lo latinoamericano, el segundo. Con El silencio, el ruido, la memoria quise dialogar con el espacio de la nacionalidad desde mi propia mirada sobre la memoria colectiva venezolana. Fue un punto de partida desde el que se hizo especialmente claro para mí que lo venezolano tenía sentido, sobre todo, como parte de una memoria mayor: latinoamericana, hispánica. Vino, entonces, La voz en el espejo: un esfuerzo por identificarme con lo latinoamericano a partir de ciertos imaginarios históricos y a partir, también, de algunos rostros literarios a los que convertí en metaforizaciones posibles de actitudes, de comportamientos, de propósitos de vida y, sobre todo, de una ética: indudable, impostergable, necesaria… Ahora, con este nuevo libro prosigo el diálogo: con un Occidente agobiado por las mismas incertidumbres y las mismas contradicciones que nos rodean a todos los habitantes de este planeta cercano a un nuevo milenio. Diálogo de síntesis y de imaginarios. Diálogo con el tiempo y con la otredad. ¿El tiempo? el de mi presente, temeroso, azariento e impredecible. ¿La otredad? la de un Occidente cuyo rostro es, también de muchas maneras, el rostro de todos.

 

 

R.F.

 

 

URL: http://rafaelfauquie.dsm.usb.ve/

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EL SILENCIO, EL RUIDO, LA MEMORIA

El silencio, el ruido, la memoria es una lectura personal: de mi país: de su pasado, de su presente, de sus mitos y devociones, de sus olvidos, de algunas de sus equivocaciones. En él, interpreto a Venezuela a partir de fragmentos que destacan por sí solos y sobre la continuidad de una tradición a la que únicamente la persistencia hace comprensible. Quise leer un itinerario venezolano no entrecortado por convencionalismos políticos ni por banales acuerdos pedagógicos. Nuestra historia -iluminadora y enriquecedora explicación del presente, augurio del porvenir- está escrita en cinco siglos de recuerdos. Quinientos años que que van del tiempo primero de la Conquista: aventura y esperanza, violencia y azar; tiempo que atraviesa, luego, el sopor de tres siglos coloniales: quietud y respeto de formas acatadas sin cumplir, de ceremoniales y ritos en un mundo marginado dentro del mundo; tiempo que alcanza, en el siglo XIX, la violencia de inacabables guerras y la triunfante individualidad del caudillo-hombre de presa que se impone por sobre la ley; tiempo que llega hasta el presente petrolero: mortecino hoy, hasta hace poco fantasía de riquezas que abrieron las puertas a un país milagrero en el que todo parecía ser posible. Todos estos trazos: los mitos primeros proyectados en un nuevo mundo, las burocracias que sostuvieron un universo inmóvil, la fuerza de hombres erguidos sobre tradiciones ausentes y las mágicas fantasías petroleras, ilustran nuestro itinerario venezolano en el tiempo. Ese recorrido no es bueno ni malo. Simplemente es. Así fuimos, así somos.
 
     Una vez lograda la Independencia, gobiernos y gobernantes venezolanos se propusieron erigir una memoria oficial: vacua retórica convertida en inmaculada referencia para una ciudadanía ejemplar. Esa memoria de panteones, de oropeles, de frases y de fechas, terminó por distanciar a los venezolanos de su autenticidad histórica, de su pasado. Nuestras escasísimas figuras históricas oficialmente veneradas -con Bolívar como absoluto e irremplazable primer ejemplo- son máscaras; no seres humanos: ideales petrificados, hieráticos. Por otra parte, la oficializada exaltación de sólo una pequeñísima parte de nuestra historia ha condenado al silencio a todas las otras. Frente a ese mutismo de tres siglos coloniales, de casi todo el siglo XIX y la mitad del XX, se opone el ruido excesivo de unos pocos instantes de nuestra historia venezolana; para ser preciso: los veinte años de la Independencia y los treinta y tres años que hoy nos separan del 23 de enero de 1958. El resto: casi cinco siglos de tiempo, de experiencias y de sentido colectivo, no existe para nuestra memoria oficial; no existe porque es un tiempo que no interesa; no interesa, porque, aparentemente, él no ha sido lo suficientemente honorable o meritorio.
 
     Elegir la voz del tiempo, escuchar a la historia, es entender que el pasado no tiene porqué ser moraleja o enseñanza. La historia es continuidad que fija una tradición donde trazamos un rostro: nuestro rostro de nación. Una historia descrita e interpretada en irracionales períodos de autoflagelación o de éxtasis conduce a eso que hemos llegado a ser los venezolanos: país desmemoriado que vive, día a día, en una provisionalidad empequeñecedora de su destino.
 
     El pasado es aliento del porvenir. La cultura transmite, sobre todo, enseñanza y fe: en nuestros valores y en nuestros principios. El presente se hace más comprensible contemplado a la luz del pasado. La historia es esclarecedora: siglos de leyes convertidas en formalismo ritual; nominalismos que dicen que las cosas son porque así está escrito; la infinita distancia entre la realidad y la ley; el solitario poder de caudillos que evocan en su comportamiento a Felipe II, encerrado en El Escorial, decidiendo sobre todo cuanto sucedía en su vastísimo imperio. Estos signos me explican y me describen a mi país, hoy. Me dicen lo que él es y lo que los venezolanos -para bien o para mal- somos. De todas estas cosas trata El silencio, el ruido, la memoria. El pretende ser lectura elucidadora de símbolos temporales, de síntesis históricas que se iluminan unas a otras; también es lectura de comportamientos colectivos hechos al servicio de ritos y códigos culturales que los venezolanos hemos convertido en auto-representación.
 
     Una de las opciones de la literatura es la de ser compañera de nuestros descubrimientos; acompañante de nuestro paso por la vida, de nuestros asombros y nuestras curiosidades. La literatura es, al igual que todo, opción. Se convierte en aquello en que la convertimos. Puede ser clandestinidad: ejercicio más o menos marginal, más o menos subrepticio sobre el que exorcisar arraigados fantasmas personales. Puede ser conflicto: paralelo hermano de otros conflictos. Pero puede también ser afirmación y apoyo: escritura como signo con el que trazar nuestros desciframientos y nuestra lucidez. Esa es y ha sido siempre mi opción frente a ella. Usé el ensayo como la forma de un diálogo que establecí conmigo mismo. La palabra se hizo identificación de dudas y de certidumbres. Quise escribir un libro que me clarificase interrogantes: itinerario intelectual que recorriese asistencia, viejos desconciertos.
 
 
 
 
 
 
                                     Rafael Fauquié

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EL AZAR DE LAS LECTURAS (Rafael Fauquié)

Leer es acercarnos a lo escrito por otros. Es percibir el mundo a través de los ojos y la palabra de otros. Los instantes vividos por cada escritor, se vuelcan sobre páginas abarrotadas con signos sujetos a la comprensión de la lectura. Los libros hablan y, al leerlos, también los escuchamos. Para que nuestras lecturas signifiquen y se integren a nuestra experiencia, tienen que comenzar por hacerse diálogo. Leer es dialogar: comunicación entre las razones del libro y las nuestras; encuentro de palabras y perspectivas: las del lector y las del escritor. Dialogar es, también, responder. Al leer respondo a eso que otro me dice. Mi diálogo con el libro es, sobre todo, mi respuesta a él. Hablar con los libros es hacer de ellos algo real; descubrir influencias que incorporamos al espacio de nuestras propias experiencias. Existen libros que añaden en nosotros imágenes, rostros, escenas y acciones que quizá nunca llegarán a abandonarnos del todo. Libros que nos guían, que nos señalan opciones a las que acogernos, inconscientemente, sin darnos cuenta, acaso, de que ellos están escribiendo una suerte de subrepticio guión para muchos de nuestros pasos. A través de los libros, podemos identificarnos con gestos y respuestas que nos sentimos capaces de asumir, modelos en los que podemos reconocernos.

 

Con algunos libros nos identificamos. Y conversamos con esas palabras que llegan hasta nosotros y convertimos en parte de nuestro repertorio de palabras. Como cualquier experiencia de comprensión, la lectura amplía o modifica nuestros horizontes, contribuyendo a conformar un personal mapa del universo, cartografía o diseño ético en el que orientar muchos de nuestros recorridos.

 

El aprendizaje de la lectura llega lentamente, en un largo proceso relacionado con nuestras vivencias y con el desarrollo de un gusto. A medida que el tiempo avanza sobre nosotros, vamos haciéndonos más selectivos con autores y textos. Apenas algunos autores y apenas algunos libros llegan a conformar ese pequeño círculo de lecturas que el tiempo estrechará en torno nuestro. Y nos volvemos más reacios a permitir que otros textos entren a formar parte de ese grupo de títulos imprescindibles. En su libro De lecturas y algo del mundoCONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftnref1\»>*, dice Alvaro Mutis “El encuentro con ciertos autores significa siempre una esquina decisiva, un crucero fatal que ha de cambiar la vida y marcarnos para siempre. La importancia que dichos nombres puedan tener para nosotros depende de los secretos hilos que mueven nuestro destino, nuestros terrores y nuestros sueños y que, en un momento determinado, son los mismos que mueven al autor que nos deslumbra”.

 

     Lo que leemos y lo que esperamos leer, lo que nos interesa y lo que no, lo que aprendemos y lo que decidimos ignorar se relacionan. Leer es un leer a nuestro modo, un leer entre líneas, un distinguir más allá o más acá de eso que el libro dice. En toda lectura existen espacios de libertad, superficies en blanco que nuestra imaginación, inteligencia o sensibilidad, se encargarán de completar.

 

     De muchas maneras, los libros nos escogen: se encuentran con nosotros en una especie de aventura señalada por el azar. Leemos, apenas, una ínfima parte de cuanto ha sido escrito. Una ridículamente minúscula fracción de cuanto otros escriben y escribieron llega hasta nosotros. El azar de la lectura es, de muchas maneras, el azar de los fortuitos encuentros.

 

Los libros de un autor, más que parecerse entre sí, se aproximan en sus diferencias para terminar por expresar entonaciones y ritmos semejantes. Quizá la mejor manera de entender eso que otro dice sea leyéndolo. Extraordinaria y genuina comunicación, la lectura es diálogo entre dos seres; una peculiar forma de conocer y compartir. La lectura, a diferencia de la conversación, del intercambio verbal, no se contamina con despropósitos, contradicciones o apabullamientos. Leer es un conversar tal vez más perdurable que cualquier plática. Ese ser que leemos puede hacérsenos, a través de la lectura de sus palabras, extraordinariamente cercano y confidente.

 

Leer entraña siempre la presencia del silencio. En medio de éste, escuchamos y contemplamos razones ajenas. En silencio se nos muestran esas verdades que nuestros ojos escuchan. En silencio aprendemos a escuchar las palabras que miramos y que nos miran.

 

Los autores con los que llegamos a identificarnos, suelen ser descubrimientos que comenzaron por producir en nosotros una reacción de desconcierto. Leemos, releemos y volvemos a releer esas páginas que coinciden con nosotros. Coincidir con un autor es mucho más que preferir un estilo de escritura, significa descubrir en ese autor actitudes y propósitos con los que podemos llegar a asociar la literatura misma.

 

Este es un libro abierto, un libro que podría hacerse interminable. Texto de lecturas cuya conclusión estuvo dictada, sobre todo, por la paciencia. Casi cabalísticamente, decidí redondear en veinte el número de esas lecturas. Algunos de los escritores leídos me han acompañado a lo largo de muchos años. Otros, por el contrario, son descubrimientos muy recientes y mi conocimiento de su obra se limita, apenas, al texto reseñado. Pero, de alguna manera, todos evocan para mí imágenes similares ante el hecho literario. Se relacionan entre sí a través de ciertas opciones: de vida, de escritura. Opciones en correspondencia con mis propias opciones; acercamiento a propósitos existenciales y literarios que, personalmente, comparto. Todas las lecturas fueron, así, guiándose por una especie de proyecto personal: servirme de ellas, de sus expresiones, de sus temas; hacer de éstos una referencia útil, suerte de ejemplaridad necesaria y sustentadora.

 

     Todos los escritores leídos son ensayistas, pensadores; o si no, si, como en el caso de Rilke, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, son poetas o novelistas, entonces fueron leídos en función, principalmente, a su palabra argumentativa, memorizadora. Palabra que opina sobre la vida y la escritura, que razona a partir de ellas; vida reflejada en la escritura y escritura reflejada por la vida.

 

Destaco en mis comentarios cierta noción que doy en llamar “escritura del camino”; esto es: palabra en muy directo contacto con la existencia que la alimenta, compañera cercana a experiencias y recuerdos; expresión que, casi confidencialmente, memoriza y argumenta. En su libro Claros del bosque, dice María Zambrano: “El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira … no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido”. La escritura del camino podría entenderse como una recreación de esos “claros” que vamos descubriendo a medida que avanzamos por nuestros recorridos; también una manera de identificarlos o justificarlos.

 

El desvanecimiento de un ser que vive contrasta con la articulación de ese mismo ser que escribe. La  experiencia del hombre, vaga, contradictoria, puede reflejarse en la plena coherencia de la página escrita. La vida casi nunca es predecible, la escritura sí lo es. La vida no es siempre coherente, la escritura suele serlo, o debería serlo. La vida no da segundas oportunidades. ¿La escritura lo hace? La vida tiene, a veces, el propósito que nosotros le damos; algo que siempre sucede con la escritura, que depende por entero de nuestras decisiones. La escritura no escapa a nuestras manos. La vida suele hacerlo. Tratamos, tal vez, de vivir de la misma manera en que escribimos: trazando conscientemente ciertos signos en los que creemos encarnar o en los que nos gustaría ser reconocidos.


CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftn1\»>* Bogotá, Planeta colombiana, 1999

 

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